Teresa Escabosa se jubila tras 43 años dedicados a la enseñanza, los cinco últimos como maestra del Servicio de Atención Educativa Domiciliaria (SAED), acompañando a niños que no pueden acudir a clase debido a una enfermedad de larga duración, entre ellos muchos menores con cáncer. Puede que cinco años parezcan poco tiempo dentro de una carrera tan extensa, pero han sido más que suficientes para dejar una huella imborrable en las familias.

Teresa Escabosa (Luesia, 1961), fotografiada en la fachada de la sede de Aspanoa en Zaragoza.

¿Teresa siempre quiso ser maestra?

Siempre. Soy de Luesia y empecé a ir a la escuela con apenas 19 meses. Mi madre me contaba que, siendo muy pequeña, sentaba a todas mis muñecas en un banco y me ponía a darles clase. La escuela ha sido mi vida, mi vocación. Estudié Magisterio de Primaria, con la especialidad de Ciencias, en la Universidad de Zaragoza. Y aunque entonces había muy pocas plazas, mi padre me animó a plantearme la oposición como un año más de carrera. Le hice caso. Estudié con disciplina militar y, pese a que solo había seis vacantes para Ciencias Naturales, aprobé. Era el año 1983.

Más de 40 años dando clase, se dice pronto. ¿Cómo fue aquella primera etapa?

Empecé trabajando en un programa llamado Educación Compensatoria. Antes de que la escolarización obligatoria se ampliara hasta los 16 años, existía un grupo de alumnos de entre 14 y 16 que quería abandonar los estudios, pero que tampoco estaba preparado para incorporarse al mundo laboral. Les dábamos clases de cultura general en el instituto de Miralbueno y completábamos su formación con talleres de automoción, albañilería, cocina y otros oficios. Allí estuve seis años. Después, cuando aquellas aulas se cerraron, pasé un año en Pozuelo de Aragón, luego fui al colegio Zalfonada, estuve dos años en Gallur y, finalmente, llegué al Tenerías.

Un centro donde desarrollaste el grueso de tu trayectoria profesional.

Estuve allí 25 años, 22 de ellos como directora. El Tenerías atiende a una población muy singular. Al tratarse de un barrio con viviendas más antiguas y, por tanto, más asequibles, es lógico que allí residan muchas familias con menos recursos. A esos niños la escuela tiene que ofrecerles oportunidades que, en ocasiones, la sociedad no les está brindando. Deben avanzar en cultura, conocimientos y habilidades que les permitan construir un futuro mejor y contribuir también a mejorar la situación de sus propias familias. Siempre he creído que la escuela no puede limitarse a transmitir conocimientos; tiene que ser un espacio de oportunidades y de transformación social.

El Tenerías acabó convirtiéndose en un referente educativo en Zaragoza.

Guardo un recuerdo hermosísimo del colegio. Lo cogí con 83 alumnos y lo dejé con 450. Pero aquello fue un trabajo colectivo, fruto del esfuerzo de equipos directivos, docentes y familias, que creyeron en un proyecto común.

¿Y por qué acabaste en el Servicio de Atención Educativa Domiciliaria?

Después de una larga trayectoria en Tenerías, con algunos momentos complicados, unido a mi situación familiar por el fallecimiento de mi marido a causa de un cáncer, al cumplir los 60 años y decidí iniciar los trámites de la jubilación. Pero entonces me llamaron del Servicio Provincial de Educación para decirme que había una plaza vacante en el SAED y que, por mi perfil personal y profesional, habían pensado en mí. Mi hija me decía que ya había pasado por mucho y que era el momento de descansar. Yo también tenía miedo de mi estado emocional, de si podría venirme abajo. Sin embargo, estos cinco años han sido un auténtico broche de oro para mí. Siempre agradeceré a las personas que confiaron en mí para este trabajo. Ha sido un regalo poder acompañar a estos niños, brindarles mi apoyo, arrancarles una sonrisa y, en definitiva, hacerles un poco más llevadero el camino.

Mucha gente desconoce vuestro trabajo. ¿Cómo es vuestro día a día?

Cada semana es diferente porque las necesidades de los niños cambian en función de su estado de salud y de los tratamientos que reciben. El equipo lo formamos seis personas y atendemos no solo a niños con cáncer, sino también a otros con patologías muy diversas. En los últimos años, además, hemos visto un repunte importantísimo de alumnos con problemas de salud mental. Los lunes nos reunimos para analizar los casos que tenemos y organizarnos. Decidimos qué docente atenderá a cada alumno, sobre todo en función de su edad, ya que hay docentes especializados en Infantil, Primaria y Secundaria. Mis compañeros forman un equipo de profesionales maravilloso, con una dedicación extraordinaria y un compromiso absoluto con los niños.

¿Os coordináis con el Aula Hospitalaria y con los colegios?

Sí, la coordinación es permanente. Cuando un niño está ingresado y puede acudir al Aula Hospitalaria, somos nosotros quienes trasladamos la tarea que le ha enviado su colegio para que pueda seguir trabajando allí, siempre que su estado de salud y sus ganas se lo permitan. Además, una vez al mes nos reunimos con las compañeras del Aula y con Aspanoa para coordinarnos y enfocar mejor el trabajo. También mantenemos una relación muy estrecha con los centros educativos. Desde que nos asignan un alumno, contactamos con la familia y con su colegio para explicar cómo vamos a trabajar. Nosotros somos un puente entre el aula y la casa. Los profesores nos indican las tareas y objetivos que quieren que trabajemos con el alumno y, a su vez, les devolvemos información sobre cómo va evolucionando, qué ha podido hacer y qué dificultades hemos encontrado. En general, la receptividad de los colegios es muy buena. Al fin y al cabo, el alumno sigue siendo suyo; nosotros estamos ahí para ayudarle a mantenerse conectado con su aprendizaje mientras atraviesa una situación complicada.

Las familias reclaman más horas de atención educativa.

Es una demanda que compartimos. Lo ideal sería poder atender a todos los alumnos todos los días y adaptar las horas únicamente a su estado de salud y a sus necesidades educativas. En los más pequeños, una hora diaria suele ser suficiente; los mayores necesitan más tiempo. Sin embargo, los recursos son los que son y tenemos que repartirlos de la forma más equitativa posible entre todos los casos que atendemos. Ha habido momentos en los que algunos alumnos han llegado a recibir solo una hora semanal porque había muchos casos y no daba para más. Es verdad que la situación ha mejorado algo en los últimos cursos y que desde la Inspección se ha intentado reforzar el servicio, pero sigue siendo necesario aumentar los recursos, especialmente cuando hay picos de demanda. Nuestro deseo es no tener que dejar de atender a un niño porque tenemos que ir a casa de otro, sino poder dedicar a cada uno el tiempo que realmente necesita.

Es también una labor emocionalmente muy compleja.

He perdido a tres niños en el camino. Uno de ellos, además, hace justo ahora un año. Son momentos muy duros. Los he acompañado hasta el final y eso deja una huella muy profunda. Pero también he visto a muchos otros niños recuperarse, volver a sus colegios y seguir adelante con sus vidas. Los abrazos, los besos y el cariño que he recibido de ellos no se olvidan. Al final, te quedas con la sensación de haber podido acompañarlos en una etapa muy difícil y de haber aportado un poquito de luz en momentos complicados.

Y ahora llega la jubilación.

Desde luego, si por mí fuera, no me jubilaría. Pero cumplí 65 años en marzo y ha llegado el momento. Es lo lógico. Por eso me encantará seguir formando parte de la familia de Aspanoa como voluntaria, ayudando en todo lo que pueda. También tengo una nieta de seis meses, así que tendré que repartirme entre ella y el voluntariado. Va a ser un placer y un privilegio poder continuar trabajando con los niños, porque mi vocación por la educación va a acompañarme siempre. He tenido la enorme suerte de dedicar mi vida a lo que más me gusta. Poder seguir haciéndolo de forma altruista será, para mí, un regalo